miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sanidad en clave blanquinegra

Hace unos años, un doctor estaba tratando a un paciente de una enfermedad muy simple, sin apenas riesgos importantes de muerte; pero este doctor resultó no ser tan entendido como parecía, y acabó aplicando al paciente un tratamiento inadecuado. Desgraciadamente, esto se tradujo en un empeoramiento de la enfermedad, que pasó a ser cada vez más importante, a complicarse, hasta el punto de dejar al enfermo en un estado terminal. Antes de que llegara a ese punto, el afamado doctor ya había dejado de tratar al paciente, dejándolo en manos de otros compañeros médicos menos especializados y experimentado y, po qué no decirlo, menos capaces.

Ahora, ese pobre enfermo se encuentra al borde de la muerte. Por fuera parece no escontrarse mal, un poco débil, pero con las fuerzas suficientes como para seguir "dando la vara". Por dentro, sin embargo, el enfermo está... eso, muy enfermo; la sangre no llega bien a todas las partes del cuerpo, apenas se alimenta, y cuando lo hace, los nutrientes no llegan a donde tienen que llegar.

Postrado en la cama, rodeado de familiares que temen un trágico final, esperan todos juntos una solución que evite la muerte. Soluciones hay, y más de una, pero parece que nadie está dispuesto a darle vida a este jóven de 89 años.

Aquel afamado doctor que, en gran parte, le llevó a estar como está ahora, no parece tener intención de volver a tratarlo, sólo haría falta un pequeño bote de pastillas que él tiene.

Unos ¿grandes? laboratorios extranjeros poseen una vacuna que mejoraría al instante el estado del enfermo, pero lo único que se sabe de los responsables de este laboratorio es que algún día llegarán, según dicen. Algunos problemas con el viaje están retrasando su llegada, y los familiares del paciente empiezan a creer que realmente no existe tal vacuna.

Y después está la enfermera, que puede hacer mucho más de lo que hace. Podría descolgar el teléfono y llamar al doctor, ya que parece que sólo ella podría convencerlo de que regresara con su bote de pastillas. Pero no lo hace, el orgullo puede más que la vida de una persona. "Si muere este paciente, ya tendré a otro para cuidar" piensa.

Los familiares del enfermo, mientras tanto, le van dando algún calmante, pero que de poco sirve.

Y así, tan enfermo, pero con tantas posibilidades de vida, al final el paciente falleció a los 89 años de vida.

Tranquilos, esta historia no es real, aunque casualmente (o no) se parece mucho a lo que a día de hoy le ocurre a la Unión Deportiva Salamanca. Afortunadamente no se trata de la vida de una persona, pero no por ello deja de ser lamentable y escandaloso dejar morir algo cuando se tienen soluciones, ¿no creéis?

¡¡HALA UNIÓN!!

Pd: A los personajes, que cada uno les ponga el nombre que quiera o crea conveniente

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