martes, 31 de enero de 2012

Relato improvisado

El tiritar de los huesos anunciaba frío. Mucho más frío en la calle del que pudiera hacer debajo de todas esas mantas, sábanas y demás aparejos caloríficos, que ya era mucho.
Se necesitaba valor para salir de ahí abajo, para enfrentarse al mundo sin anestesia. Con un par de guantes y una bufanda sí, pero sin anestesia.
El reloj, asqueroso él, marcaba ya la hora de la última alarma. No cabía otro "cinco minutos más", no si no quería llegar tarde. Gustaba de la puntualidad.
La persiana iba descubireindo poco a poco un dia gris, raro, oscuro. Se notaba el frío sólo con mirar a través de la ventana.
Un poco de valor y... ¡arribaaa! Un vaso de leche pasado dos minutos por el microondas, una ducha de agua muy muy caliente, no parar para ir tomándole el ritmo al día.

Pero nada... el cuerpo gélido. 

Era el momento de salir a la calle. La primera en la frente, al abrir la puerta una ola de viento siberiano en la cara. La segunda, el termómetro marca -5 grados.
 
Camino al trabajo como cada mañana. Y allí, en el primer semáforo, ese que ya conocía más que de sobra, vi aquella mirada con la que pudiera haberme quitado toda la ropa de abrigo que llevaba. Aquella mirada que sigue en mi cabeza desde entonces, que no me deja sentir otra cosa, ni frío ni calor, que no sean millones de ganas de volver a cruzármela cada mañana.


Fdo. Cualquiera de todas esas personas a las que una sonrisa una sonrisa o una mirada les cambia la vida.

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