viernes, 23 de julio de 2010

Una noche cualquiera

Noche primaveral de invierno ante mis ojos, asomado a una ventana hacia un callejón ya de por si oscuro que tan solo muestra los destellos de luz proveniente de la mitad de las farolas.

El invierno ha sido hasta ahora frío y duro. La lluvia y la nieve no han dejado aún posibilidad de pasar una noche de un modo que no sea bajo manta en el sofá malviendo una peli o en la cama encebollado ansiando la llegada de noches más agradables.

Ahora que le invierno da una tregua, salgo como decía a visionar el mundo exterior con la esperanza de ver algo nuevo; una esperanza que practicamente se desvanece en los primeros instantes en los que mis pupilas se clavan en la misma ventana de enfrente que todos los años, la misma calle fantasma sin almas que tantas veces he visto y veré, el mismo bar de siempre vacio de espíritu, y lo que es peor, de clientes, o el mismo silencio tan tranquilizador como sospechoso que inunda este pequeño lugar del mundo.

Pero hay algo diferente, algo de lo que me percato casi de casualidad al querer estirar el cuello y dirigir la mirada hasta el cielo. Un cielo que muestra un aspecto raramente abierto y estrellado para estas fechas. Al principio no me doy cuenta, antes de eso tienen que pasar veinte minutos mirando las estrellas; unos veinte minutos que hubiera jurado fueron mucho menos, pero mi reloj no engaña, tampoco los apáticos tañidos de las campanas que me anunciaban el tiempo transurrido desde que fijé mi mirada en las estrellas. Fue en ese momento cuando me di cuenta que durante ese tiempo no solamente habia estado contemplando un maravilloso cielo estrellado, si no que mi buen entretenimiento no había sido otro que dibujar en el firmamento tu silueta usando los astros como tinta y la oscuridad de la noche como lienzo.

Y en esto que era el momento de dormir, y me llenó la pesadumbre de dejar tu silueta a la vista de cualquiera que alzase su mirada hacía el cielo con el riesgo de que se enamorase de unas líneas tan perfectas, aunque mal dibujadas por un pésimo pintor.

Comprendí después, al cerrar los ojos, que no tenía de que temer, ya que, para mi felicidad, ni tú ni la señal de tu cuerpo estábais en el firmamento a la vista de cualquiera. Estábais, y aún hoy todavía estáis, en donde tengo la suerte de veros cada vez que mis ojos se cierran.

Son las 1:52, es hora de irme a dormir, cerrar los ojos y deleitarme una vez más.

Buenas noches!!

1 comentario:

  1. Dentro de esa ventana que da a un callejón oscuro hay mucha inspiración, me ha encantado tu relato, muy bueno.
    Un saludo.
    Alberto, Blog Villa de Macotera.

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